Por: María Gracia Carvallo, Fundadora de Ganémosle a la Calle.
Martín Andrade Ruíz-Tagle, director ejecutivo de Corporación Ciudades, planteó una reflexión urgente: las canchas no son sólo infraestructura deportiva. Son espacios de encuentro, integración y protección social. El problema es que en Chile se construyen, pero rara vez se mantienen. Y cuando esos espacios se abandonan, también se deteriora el tejido social que los rodea.
La advertencia no es menor. Un estudio de Atisba (2023), ya en ese entonces, identificó más de 720 multicanchas deterioradas sólo en Santiago. Espacios que alguna vez fueron puntos de convivencia terminan convertidos en lugares tomados por la delincuencia, el consumo de drogas o la violencia. El deterioro urbano no es únicamente una cuestión estética: tiene consecuencias directas sobre la seguridad, la convivencia y la vida comunitaria.
Parte importante de la actual crisis de violencia e inseguridad, donde niños, niñas y adolescentes aparecen cada vez más expuestos, encuentra explicación justamente, ahí, en el abandono de los espacios públicos y en la pérdida de vínculos comunitarios. Cuando desaparecen los lugares seguros de encuentro, aumentan las posibilidades de aislamiento, exposición a entornos de riesgo y uso negativo del tiempo libre.
La experiencia territorial demuestra que recuperar espacios públicos puede transformarse en una estrategia concreta de prevención temprana cuando existe trabajo comunitario permanente, acompañamiento psicosocial, oferta deportiva y articulación entre organizaciones sociales, municipios, empresas y vecinos.
La infraestructura por sí sola no transforma barrios. Lo hacen las dinámicas humanas que se construyen en torno a ella. Una cancha activa durante las tardes, con presencia de adultos significativos, actividades permanentes y redes comunitarias, puede convertirse en un espacio protector para cientos de niños y jóvenes, especialmente en aquellas horas posteriores al colegio donde muchas veces aparecen los mayores factores de riesgo.
En distintos barrios del país existen experiencias que demuestran que esto sí funciona: espacios abandonados recuperados junto a las comunidades, transformados en centros de encuentro, deporte y contención social. Los resultados suelen repetirse: mayor sentido de pertenencia, comunidades más conectadas y disminución de conflictos en entornos previamente marcados por la inseguridad.
La prevención no puede seguir llegando tarde. Intervenir cuando la violencia ya se instaló implica costos humanos, sociales y económicos mucho mayores. Por eso, recuperar y fortalecer espacios públicos, promover el deporte y reconstruir comunidad no debiera entenderse como un gasto accesorio, sino como una inversión estratégica en seguridad y cohesión social.
Chile necesita avanzar hacia políticas públicas que comprendan que la seguridad también se construye desde la prevención, la vida barrial y la recuperación de espacios comunes. Porque cuando una cancha se abandona, no sólo se pierde infraestructura: también se pierde comunidad.

