Por: Sebastián Guerrero, Fundador y Presidente del Directorio de Ganémosle a la Calle
Cada vez que Chile enfrenta un aumento de la delincuencia, la violencia o los problemas de salud mental, el debate público se concentra en endurecer las sanciones: reformas legales, aumento de penas, más atribuciones para las policías o nuevas medidas de control. Son discusiones necesarias, pero insuficientes. Mientras seguimos reaccionando frente a las consecuencias, invertimos muy poco en evitar que esos problemas ocurran.
La verdadera pregunta es otra: ¿qué estamos haciendo para que menos niños y jóvenes lleguen a situaciones de riesgo?
La evidencia internacional es clara: el deporte es una de las herramientas más efectivas de prevención social. Más allá de sus beneficios físicos, fortalece la autoestima, desarrolla habilidades socioemocionales, genera sentido de pertenencia, crea vínculos positivos con adultos significativos y ofrece espacios seguros durante las horas en que niños y adolescentes son más vulnerables.
Reducir el deporte a la competencia o al alto rendimiento es un error. Su mayor valor está en su capacidad para prevenir y transformar realidades.
Países como Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Alemania y Reino Unido comprendieron hace décadas que el deporte debía ser parte de una estrategia nacional de bienestar. Invirtieron en acceso universal, infraestructura y trabajo conjunto entre el Estado, los municipios y la sociedad civil. El resultado no solo se refleja en el ámbito deportivo, sino también en mejores indicadores de salud, cohesión social y calidad de vida.
Chile enfrenta una realidad distinta, pero el principio es el mismo: si queremos barrios más seguros y jóvenes con mayores oportunidades, debemos actuar antes de que aparezca el delito.
Sin embargo, gran parte de la discusión pública sigue centrándose en respuestas punitivas. La reforma penal juvenil, por ejemplo, vuelve a poner el foco en las sanciones cuando el problema ya existe. Sin desconocer la importancia de un sistema de justicia eficaz, cuesta entender por qué seguimos destinando tan pocos esfuerzos a fortalecer las estrategias que evitan que esos delitos ocurran.
La prevención rara vez genera titulares, pero sí resultados duraderos. Cada niño que encuentra en el deporte un espacio de desarrollo representa una oportunidad menos para que la violencia, la delincuencia o el consumo problemático ocupen ese lugar.
Invertir en prevención no es ingenuidad; es una decisión inteligente. Fortalecer los factores protectores durante la infancia y la adolescencia reduce costos futuros en seguridad, salud, justicia y reparación social. La prevención no reemplaza al sistema penal, pero sí disminuye la necesidad de recurrir a él.
Además, Chile no parte desde cero. Existen organizaciones de la sociedad civil que llevan años desarrollando metodologías efectivas, medibles y profundamente conectadas con los territorios. El desafío del Estado no es reemplazarlas, sino fortalecerlas mediante alianzas estables, financiamiento de largo plazo y políticas públicas que aprovechen su experiencia.
Si aspiramos a un país más seguro, saludable y cohesionado, debemos consolidar el deporte como una política de prevención social. No se trata de crear nuevas soluciones, sino de potenciar las que ya funcionan y articular el trabajo entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil.
Porque las sociedades más desarrolladas no son las que mejor castigan, sino las que más invierten en prevenir.

