Retirar o debilitar el Ministerio del Deporte, como se ha venido escuchando durante estos días, sería gran un error. Junto al Ministerio de Educación, cumple un rol fundamental y complementario: mientras la educación formal entrega conocimientos y competencias, el deporte ofrece un espacio de formación no formal donde niños, niñas y jóvenes desarrollan valores, habilidades y herramientas para enfrentar la vida.
El Ministerio del Deporte no debiera ser concebido únicamente como el organismo encargado de apoyar e invertir en deportistas de alto rendimiento o de inaugurar modernas infraestructuras deportivas. Su rol debe ser mucho más amplio: debe ser también un órgano de prevención y un agente de transformación social, capaz de acercar el deporte a las comunidades y generar oportunidades reales y accesibles para su desarrollo. Promueve la inclusión, el reconocimiento, fortalece la convivencia y puede convertirse en una poderosa herramienta de prevención frente a distintas problemáticas sociales.
Además, su impacto trasciende lo deportivo. El Ministerio del Deporte contribuye directamente a los objetivos del Ministerio de Salud, promoviendo hábitos de vida activa y favoreciendo una mejor calidad de vida, tanto física como mental.
Educación, deporte y salud no son ámbitos aislados: se potencian entre sí. Si queremos construir una sociedad con más oportunidades, barrios más seguros y personas con una mejor calidad de vida, necesitamos fortalecer estas políticas, no restarles importancia.
El deporte debe ser un complemento de las políticas sociales. Es una herramienta concreta de prevención, formación y transformación social. Por eso, el Ministerio del Deporte no solo debe mantenerse: debe fortalecerse.

